Bodega Reta
no es una marca

Es como me dicen desde hace años. La verdad, no me acuerdo quién fue el primero en decirme así, pero quedó. Viene de Retamal. Con el tiempo, Reta pasó de ser un apodo a ser lo que le da nombre a mi proyecto más grande.

Marcelo Retamal

Antes de que me dijeran Reta

Dentista de profesión. Viñatera de corazón.

Todo partió con mi abuela

Mi familia venía de la Sierra de Salamanca y terminó en Curicó. Mi abuela, que era dentista, compró una viña allá. Quiso replicar algo de lo que había dejado atrás: viñas entre cerros y bosques. En esa época, Curicó era sinónimo de vino. Y yo, que era su regalón, la seguía para todos lados. En vendimia me llevaba con ella. Yo era el fichero, era el encargado de entregar las fichas a los trabajadores.

fuera de nota

Dentro del plan

En el colegio me iba mal. Jugaba ajedrez y siempre fui segunda tabla, solo porque el profesor me tenía mala. También hacía fútbol, básquet y atletismo. Estudiar, poco. Aun así, siempre tuve claro que quería ser enólogo. Para eso había que ser agrónomo, y si vas a aprender de vino, tiene que ser cerca de las viñas. Por eso me fui al sur, a Chillán, a la Universidad de Concepción, en pleno Valle del Itata.

Lo tomé antes

Lo hice después

Durante los cinco años que duró la carrera no trabajé en ninguna vendimia. En lugar de eso, me iba con amigos a la playa de Bahía Inglesa a tomar vino en caja, del más barato. En vez de hacer vino, lo tomaba. Al titularme entré directamente a la Viña De Martino, ubicada en el Valle del Maipo. Un asesor que me conocía del campo de mi abuela me puso en contacto con Aurelio Montes y, gracias a eso, llegué a esa bodega, donde comenzó realmente mi vida profesional en el vino.

24 viajes, mil ideas

El trato que me cambió la vida

Hice un trato con el dueño: todos los años que trabajara ahí, tendría un mes para recorrer el mundo y aprender de otras culturas vitivinícolas. Estuve 25 años, e hice 24 viajes. En cada uno aprendí algo distinto.

Busqué historias

No sólo sabor

Al principio fui a lo clásico: Bordeaux, Toscana, Rioja, Ribera del Duero, Australia, Nueva Zelandia, el Douro. Cataba como mil vinos por viaje. Con el tiempo, quise ir a la raíz. A conocer al productor, ver cómo pensaba, cómo era su filosofía, cómo trabajaba. Ahí me fui a Borgoña, Champagne, Jura, Jerez, Barolo, Gattinara. Ya no se trataba de probar más, sino de poder conectar con el paisaje y la historia del lugar.

Un vino eterno

Un Paisaje Humanizado

Después de muchos años vinificando en distintas zonas de Chile y viajando para conocer cómo se hace el vino en otros lugares, entendí que un vino no es solo su lugar, también es su gente. A eso le llamo paisaje humanizado: que lo que tomas te cuadre con la historia, la cultura y la forma de vivir de donde viene. En 2019 decidí empezar mi propio proyecto. No por algo monetario, sino por dejar algo en este mundo que dure. En el vino, la única forma de trascender es hacer algo que hable por sí solo, incluso cuando uno ya no esté.

Mis socias

Mis socias son mis tres hijas y mi señora. Lo más divertido es que mi señora no toma vino. La Berni, una de mis hijas, que es Ingeniero Agrónomo es mi mano derecha: viaja conmigo y mantiene todo en orden.

Este proyecto se lleva en familia, con lo bueno y lo malo que eso implica.